Todos vivimos en un pequeño macondo

Cuando uno habla de realismo mágico es casi imposible no pensar en Gabriel García Márquez. En sus historias podían regresar los muertos, una peste podía hacer que todo un pueblo perdiera la memoria y Remedios la Bella podía subir al cielo mientras ayudaba a doblar unas sábanas. Lo particular no era simplemente que ocurrieran cosas imposibles, para eso existe la fantasía, sino la naturalidad con la que esos acontecimientos se incorporaban a una realidad perfectamente reconocible. En Macondo, lo extraordinario no abría una puerta hacia otro mundo. Entraba por la misma puerta de la casa, se sentaba en la mesa y terminaba haciendo parte de la vida cotidiana. Por eso, cuando se le entregó el Nobel de Literatura a García Márquez en 1982, resaltó precisamente la manera en que combinaba lo fantástico y lo real para reflejar la vida y los conflictos de todo un continente.

Siempre hemos relacionado esa forma de contar historias con Latinoamérica, tal vez porque en esta parte del mundo han ocurrido suficientes cosas absurdas como para no tener que recurrir demasiado a la imaginación. Sin embargo, desde hace algún tiempo me ronda otra idea: quizá el realismo mágico dejó de ser solamente una manera de contar nuestra realidad y terminó convirtiéndose en una forma de percibirla. No me refiero a que ahora veamos muertos caminando por la casa o mujeres ascendiendo al cielo. Me refiero a que somos capaces de tomar un hecho real, mezclarlo con nuestros miedos, deseos y creencias, agregarle algunas coincidencias, revolverlo con algo que vimos en internet y terminar construyendo una realidad que, al menos dentro de nuestra cabeza, resulta completamente coherente. Lo más interesante es que ahora tenemos un teléfono trabajando todo el día para ayudarnos a conseguirlo.

Antes de culpar a TikTok, Facebook, X, Instagram o WhatsApp por todos nuestros problemas, hay que reconocer que los seres humanos ya veníamos haciendo buena parte del trabajo desde mucho antes de que existiera internet. No observamos la realidad como una cámara que registra imparcialmente todo lo que ocurre. Seleccionamos información, interpretamos gestos, recordamos algunas cosas mejor que otras y llenamos los espacios vacíos con explicaciones que tengan sentido para nosotros. Supongamos que llego a una reunión, saludo a una persona que conozco y no me responde. Puede ser que no me haya escuchado, que estuviera distraída o que simplemente sea un poco maleducada. Pero si desde antes sospecho que esa persona está molesta conmigo, el saludo que no respondió puede convertirse en la primera prueba de una historia mucho más grande. Después notaré que contestó primero el mensaje de alguien más, que hizo una cara extraña mientras yo hablaba y que no me copió en un correo que probablemente ni siquiera tenía que enviarme.

Cada hecho, visto por separado, puede tener una explicación normal. Pero cuando los organizo alrededor de una idea previa, aparece una historia bastante convincente. A eso se le conoce como sesgo de confirmación: nuestra tendencia a buscar y valorar con mayor facilidad la información que confirma lo que ya creemos, mientras ignoramos o exigimos muchas más pruebas a aquello que lo contradice. No necesariamente lo hacemos porque queramos mentirnos. Nuestro cerebro necesita encontrar coherencia y es bastante incómodo admitir que muchas cosas simplemente ocurren sin tener un significado especial. Nos gusta conectar puntos, encontrar patrones y sentir que entendemos lo que está pasando, incluso cuando para hacerlo tenemos que dibujar algunos de los puntos que faltan.

Las redes sociales no inventaron ese mecanismo, pero encontraron una manera extraordinaria de alimentarlo. Imaginemos que tuve una mala relación y comienzo a sospechar que todas las relaciones modernas están condenadas al fracaso. Un día veo un video sobre infidelidad y me quedo hasta el final. Después veo otro sobre personas narcisistas, leo los comentarios y lo comparto con un amigo. Al día siguiente aparecen cinco señales para identificar una pareja manipuladora, luego una historia de divorcio y después alguien explicando por qué ya no vale la pena casarse. La plataforma no necesita saber si mi conclusión es correcta. Tampoco tiene que comprobar si mi expareja era realmente narcisista, una palabra que hoy se utiliza para describir prácticamente a cualquiera que alguna vez se portó como un pendejo. Solo necesita descubrir que ese contenido mantiene mi atención y me hace interactuar.

Con cada video le voy enseñando qué realidad quiero mirar y el algoritmo comienza a organizármela. Después de varias semanas tendré frente a mí cientos de infidelidades, divorcios, engaños y relaciones tóxicas. Probablemente buena parte de esas historias sean verdaderas. Esas parejas existieron, esas infidelidades ocurrieron y esos matrimonios terminaron. El problema no necesariamente está en la veracidad de cada historia, sino en creer que esa selección representa el mundo completo. Cualquier persona que haya trabajado alguna vez con datos entenderá el problema: puedo tener una enorme cantidad de información y, aun así, tener una muestra completamente sesgada. Si tomo mil muestras de agua exactamente en el mismo punto de un río, tendré muchos datos sobre ese lugar, pero seguiré sin conocer el río. En las redes sociales ocurre algo parecido, solo que la muestra se selecciona de acuerdo con aquello que logra mantenernos mirando la pantalla. La evidencia disponible muestra que esa combinación entre nuestras preferencias, la exposición selectiva y los sistemas de recomendación puede reforzar entornos donde predominan las voces y versiones compatibles con lo que ya pensamos.

A eso solemos llamarlo cámara de eco, pero el nombre puede hacernos creer que alguien nos encerró allí contra nuestra voluntad. En realidad, muchas veces nosotros mismos ayudamos a construirla. Elegimos a quién seguir, qué terminar de ver, dónde comentar y qué compartir. El algoritmo simplemente aprende rápido y nos ayuda a amoblar el lugar.

En Colombia tenemos un caso difícil de superar. En mayo de 2014, Junior perdió la final del fútbol colombiano frente a Atlético Nacional. Días después comenzó a circular en Twitter una noticia según la cual Nacional había realizado cuatro cambios durante el partido y, por esa supuesta irregularidad, la Dimayor había decidido quitarle el campeonato y entregárselo al Junior. La información era falsa. Nacional no había hecho cuatro cambios, no existía una decisión de la Dimayor y tampoco había una premiación programada. Pero el mensaje confirmaba algo que muchos hinchas querían creer: Junior había sido campeón, solo que una injusticia ocurrida en la cancha se había corregido posteriormente en un escritorio. La noticia comenzó a circular y miles de personas salieron a las calles de Barranquilla. Hubo motos, carros, harina, pitos, camisetas y caravanas. Algunas personas se dirigieron hacia el estadio Metropolitano esperando una premiación que tampoco existía. Durante varias horas se celebró una estrella que el equipo nunca ganó. La historia parece un chiste, pero tiene algo profundamente interesante. La noticia era falsa, aunque la celebración fue completamente real. Junior no ganó el campeonato, pero la gente sí salió, las motos recorrieron las calles, los pitos despertaron a los vecinos y la alegría existió. Una realidad imaginada terminó produciendo acontecimientos físicos, verificables y bastante ruidosos.

Eso es lo que me hace pensar que vivimos en el realismo mágico. No porque una noticia falsa sea literatura, sino porque durante algunas horas una ciudad incorporó un campeonato inexistente a su realidad cotidiana y comenzó a actuar de acuerdo con él. El título no existió en la Dimayor, pero sí existió en la conducta de quienes salieron a celebrarlo. Cinco años después ocurrió algo parecido, aunque bastante menos gracioso. Durante las protestas de noviembre de 2019 comenzaron a circular por WhatsApp audios y mensajes que advertían sobre grupos de vándalos entrando a conjuntos residenciales en Bogotá. La ciudad sí atravesaba disturbios reales y había sectores con problemas de seguridad, lo que hacía que el rumor resultara mucho más creíble. No era una historia completamente desconectada de lo que estaba ocurriendo, sino una exageración construida sobre un miedo que ya existía. Los vecinos se avisaron entre ellos, activaron alarmas y bajaron a las porterías con palos y diferentes objetos para defender los edificios. La línea 123 recibió 612 llamadas relacionadas con las supuestas amenazas durante algunas horas de esa noche. Las autoridades atendieron y revisaron los reportes, pero no encontraron la ola de invasiones simultáneas a conjuntos que describían los audios y las cadenas. El mecanismo se alimentaba a sí mismo. Si alguien recibía un audio diciendo que venían los vándalos y después veía a veinte vecinos armados en la portería, tenía una nueva razón para creer que la amenaza era cierta. Entonces también bajaba. El siguiente vecino miraba desde la ventana, veía a veintiuna personas preparadas para defenderse y entendía que algo grave debía estar ocurriendo. La percepción comenzó a fabricar su propia evidencia. Los vecinos estaban abajo porque creían que venían los vándalos y, al mismo tiempo, el hecho de ver a los vecinos abajo parecía demostrar que efectivamente venían. La invasión masiva no apareció, pero el miedo, las alarmas, las llamadas y las personas haciendo guardia fueron reales.

Cada uno tiene su propio Macondo

Los casos de Junior y los vándalos llaman la atención porque son grandes, absurdos y fáciles de reconocer. Sin embargo, el mismo mecanismo probablemente opera todos los días de una manera mucho más silenciosa. Si creo que todo el mundo se está haciendo rico menos yo, puedo abrir Instagram y encontrar carros, viajes, apartamentos, emprendimientos y personas de treinta años explicando cómo consiguieron la libertad financiera. Después de un rato no solamente sentiré que me está yendo mal, sino que tendré una cantidad impresionante de pruebas para demostrarlo. Si creo que Colombia está destruida, las redes pueden mostrarme durante todo el día asesinatos, robos, corrupción, desempleo, empresas cerrando y personas explicando por qué quieren irse. Si creo que Colombia es el mejor vividero del mundo, también encontraré extranjeros enamorados del país, turismo, emprendimientos, restaurantes, paisajes y colombianos que regresaron porque afuera la vida no era tan maravillosa como parecía. Si pienso que tener hijos arruina la vida, encontraré miles de testimonios que lo confirman. Si pienso que no tenerlos conduce a una vejez solitaria, también. Puedo demostrar que todos los hombres son iguales, que todas las mujeres son iguales, que nadie quiere trabajar, que esta generación es la más inteligente de la historia o que es la más inútil. En un mundo donde miles de millones de personas publican sus experiencias, siempre habrá suficientes casos reales para construir casi cualquier teoría.

Por eso creo que las noticias falsas son apenas la parte más evidente del problema. Junior era campeón o no era campeón. Los vándalos entraron al conjunto o no entraron. En algún momento se puede verificar la información y establecer qué ocurrió. La situación más complicada aparece cuando cada pieza que estamos viendo es verdadera. Podemos construir una imagen profundamente equivocada del mundo utilizando únicamente hechos reales; basta con seleccionar siempre los que apuntan en la misma dirección. Ahí es donde nuestra percepción, el sesgo de confirmación, la cámara de eco y el algoritmo terminan trabajando como un solo sistema. Primero tengo una idea sobre el mundo. Esa idea influye en el contenido que elijo mirar. Mi comportamiento le enseña a la plataforma qué mostrarme. La plataforma me entrega más contenido compatible con mi idea y yo interpreto esa selección como una confirmación independiente de que siempre tuve razón. El ciclo es bastante eficiente porque no necesita que alguien se siente a manipularnos personalmente. La red no tiene que convencernos de una realidad completamente nueva. Le basta con descubrir cuál estamos predispuestos a creer y suministrarnos fragmentos que la mantengan funcionando. No quiero decir con esto que la realidad no exista o que todas las versiones tengan el mismo valor. Junior no fue campeón en 2014 y los datos no dependen de cuántas personas compartan una publicación. Hay hechos, pruebas y explicaciones mejores que otras. El problema es que cada vez accedemos menos a esa realidad de manera directa y más a través de una muestra organizada por nuestros intereses, nuestras emociones y un sistema diseñado para conservar nuestra atención.

Quizá por eso la comparación con el realismo mágico me resulta tan útil. En las historias de García Márquez, lo fantástico entraba en una realidad conocida y los personajes convivían con ello como si fuera parte normal del mundo. En las redes ocurre el proceso contrario: tomamos hechos reales y los organizamos hasta construir una realidad que puede tener tanto de nosotros como del mundo que supuestamente estamos observando. Gabo construyó un Macondo donde lo real y lo fantástico podían vivir juntos. Nosotros estamos construyendo millones de pequeños Macondos personalizados, alimentados por noticias, videos, rumores, estadísticas, expertos y desconocidos que piensan exactamente como nosotros. La diferencia es que en Macondo, por lo menos, todos vivían en el mismo Macondo.

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