Cuando deja de temblar — 10 de agosto de 2026

Sentir toneladas de concreto moverse como gelatina es aterrador. En ese momento, todo lo que uno considera sólido, estable y seguro deja de serlo. En mi “corta edad”, me ha tocado ver a Pereira sobreponerse a tres terremotos, contando este. Hoy tengo más callo, más experiencia y una visión un poco más estoica de la vida. Aun así, cuando veo las imágenes y los videos que me comparten mis amigos y familiares, quedo sin palabras. No sé si era porque estaba muy pequeño cuando ocurrieron los anteriores, pero hoy siento que este ha sido mucho más grave. Quizás antes no alcanzaba a entender realmente lo que estaba pasando. Ahora puedo dimensionar un poco mejor lo que significa, no solo durante el terremoto, sino también todo lo que viene después.

Los primeros instantes son aterradores. Para quienes viven en edificios, es sentir que toneladas de concreto se mueven de un lado a otro. Es ver cómo los materiales llegan a sus límites en cuestión de segundos. Se flexionan, se comprimen y se estiran como si fueran bandas elásticas. Los Ingenieros saben que las estructuras están diseñadas para moverse, pero verlas hacerlo y, sobre todo, estar dentro de ellas mientras sucede, es otra cosa. En ese momento no estás pensando que tienes toneladas de material encima y en que no sabes hasta dónde van a resistir. Es una pesadilla. Una pesadilla que, en este terremoto, duró casi dos minutos. Dos minutos que seguramente se sintieron eternos para quienes estaban allí. Dos minutos sin saber si el movimiento iba a parar, si la estructura iba a resistir o si todavía faltaba lo peor.

Luego llega ese primer pensamiento: “Estoy vivo”. Pero casi de inmediato aparece otro: “Tengo que salir y mantenerme vivo”.

Salir tampoco significa que el peligro terminó. Hay que caminar entre estructuras afectadas, vidrios, fachadas, postes, cables y elementos que pueden caer en cualquier momento. Es la sensación de avanzar por un campo minado, sin saber dónde está realmente el peligro ni cuándo puede venirse algo encima. Esa zozobra debe ser aturdidora. Estás tratando de entender qué ocurrió, de comunicarte con tu familia, de saber si tus amigos están bien y, al mismo tiempo, de buscar un lugar seguro cuando ni siquiera sabes qué lugar sigue siendo seguro. Después vienen las réplicas. Y con cada réplica se revive lo ocurrido. El cuerpo vuelve a ponerse en alerta. Regresa el miedo, aunque el movimiento sea menor. Seguramente cualquier ruido, cualquier vibración o cualquier objeto que se mueva hace pensar que todo está comenzando otra vez.

Pero lo peor no está ahí. Lo peor comienza cuando el movimiento termina y puedes ver lo que quedó. Cuando regresas —si es que puedes regresar— y descubres que perdiste todo. Cuando entiendes que tus pertenencias se reducen a lo que puedes cargar en los brazos o, en el peor de los casos, a lo que llevas puesto. Ahí comienza otro tipo de miedo. Tienes que evacuar y salir hacia algún lado, pero no sabes para dónde. La casa de un familiar puede estar igual o peor. Tus amigos también pueden estar evacuando. Los lugares que conocías ya no son seguros o simplemente dejaron de existir como los recordabas.

Entonces terminas llegando de arrimado a la casa de alguien, tratando de ocupar el menor espacio posible, mientras cargas con la sensación permanente de que te quedaste sin nada. Que todo aquello por lo que trabajaste durante años se fue al piso en unos cuantos segundos. No es únicamente perder una casa. Es perder la cama donde dormías, la ropa, los recuerdos, los documentos, los objetos que tenían algún significado y esa sensación de tener un lugar propio al cual regresar. Es quedarse sin la tranquilidad más básica: saber dónde vas a dormir esa noche y qué vas a hacer al día siguiente.

Y pienso especialmente en quienes viven de sus emprendimientos. En las personas que no solamente perdieron su vivienda, sino también su negocio, sus herramientas, sus equipos, sus productos y la posibilidad de generar ingresos. Personas que saben que vienen meses muy duros, porque no tienen cómo producir, cómo vender ni cómo maniobrar económicamente. Para ellos, cada día sin trabajar significa menos ingresos, mientras las obligaciones siguen llegando. Y además de intentar reconstruir sus casas y proteger a sus familias, tendrán que pensar en cómo recuperar aquello que les permitía vivir. Perderlo todo no significa únicamente quedarse sin bienes materiales. También significa perder, al menos por un tiempo, la capacidad de decidir qué hacer y cómo salir adelante.

Por eso, lo que viene para Colombia y para las zonas afectadas es aterrador. La emergencia no termina cuando deja de temblar, cuando se rescata a las personas o cuando se retiran los escombros. Después viene una reconstrucción que puede tomar meses o años. Hay que recuperar viviendas, infraestructura y servicios, pero también negocios, empleos y fuentes de ingreso. Hay que ayudar a que las personas no solamente sobrevivan a la emergencia, sino que puedan volver a construir una vida.

Ahora lo único que podemos hacer es ayudar. Apoyar a las familias, a los emprendedores y a las ciudades afectadas. Buscar la manera de llevar nuevamente bienestar, empleo y desarrollo a esos lugares. Porque reconstruir una ciudad no es solamente volver a levantar sus edificios. También es ayudar a que las personas recuperen la posibilidad de empezar otra vez. Ayuden con lo que puedan y desde donde puedan. Puede ser una donación, una compra a un emprendedor afectado, una oportunidad de trabajo, un lugar donde quedarse o cualquier ayuda que llegue a quien la necesita. Pero, sobre todo, sigamos ayudando cuando las imágenes dejen de aparecer en las noticias y en las redes sociales. La ayuda no puede durar solamente unos días. La vamos a necesitar durante muchos meses y en todas las regiones afectadas del país.

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