Escuchando el pódcast de Kaisen, de Jaime Rodríguez de Santiago, me topé con un concepto que desde pequeño me ha fascinado: la máquina Rube Goldberg. Para mí, siempre ha sido una forma creativa, entretenida y sorprendente de resolver un problema, por lo general sencillo. Pero en esencia, este tipo de máquinas tienen como objetivo complicar lo simple de la manera más creativa posible.
¿No sabes a qué me refiero? Imagina un dispositivo donde una pelota rueda por una rampa, activa una palanca, que enciende un ventilador, el cual mueve una hoja que, finalmente, presiona un interruptor para encender una luz. Ingenioso, ¿no? Pero no puedo evitar pensar que sería mucho más fácil levantarse y encender la luz manualmente. Este ingenioso, pero innecesario, sistema es lo que conocemos como una máquina Rube Goldberg.

Extrapolando este concepto, ¿no es así como funcionan muchos de nuestros sistemas en la sociedad? Imaginemos una acción cotidiana: solicitar un permiso, tramitar un documento en una entidad gubernamental o proponer una solución en una empresa. Lo que podría resolverse en dos simples pasos lógicos y directos, a menudo se convierte en una cadena interminable de procesos redundantes y revisiones innecesarias. Es como si siguiéramos la lógica implícita de “¿Por qué hacerlo simple, si lo podemos hacer difícil?”.
En el mundo empresarial, esta tendencia es aún más evidente. Jerarquías excesivas, reuniones interminables en las que se habla mucho y se concluye poco, y sistemas de aprobación que revisan lo ya revisado convierten la gestión en grandes maratones administrativas y burocráticas. Un informe que podría resumirse en una hoja pasa semanas en revisión, multiplicándose en páginas y aprobaciones interminables. Recursos que podrían destinarse a innovar se pierden justificando procesos sin sentido.
David Graeber describe esta tendencia como “tareas sin sentido” en su libro Trabajos de mierda. Estas actividades, que los empleados realizan sin entender su propósito o valor real, son ejemplos de cómo las empresas se obsesionan con parecer ocupadas en lugar de ser productivas. Estas tareas no solo consumen tiempo y energía, sino que también desmotivan a quienes las realizan, contribuyendo a la ineficiencia general del sistema.
Pero esta lógica no se limita al ámbito empresarial. En la gestión del tránsito, vemos “sistemas de transporte Rube Goldberg” donde, en lugar de sincronizar semáforos o eliminar restricciones viales, se crean infraestructuras complejas y normativas excesivas que muchas veces no abordan la raíz del problema. Cada vez que paso por algunos portales de Transmilenio, me pregunto por qué, en lugar de simplificar un trayecto a pie para salir de un portal, se obliga a caminar cientos de metros por túneles y estructuras complejas para cruzar una calle. Y no puedo evitar recordar cómo, tras la megainversión en el aeropuerto El Dorado, la Policía Nacional complicó el acceso con controles adicionales en nombre de la “seguridad”.
Lo mismo ocurre en la política, donde el diálogo directo y efectivo es sustituido por debates interminables, promesas vacías y estrategias que priorizan la forma sobre el fondo. Y en nuestra vida diaria, el “lifestyle” moderno nos empuja a sobrecomplicar lo esencial: desde rutinas de autocuidado excesivamente elaboradas hasta sistemas de organización que requieren más tiempo para mantener que para ser utilizados.
La fascinación con esta complejidad es hipnótica, como observar una máquina Rube Goldberg en acción. Cada pieza parece encajar con la siguiente, pero la belleza de la conexión enmascara el hecho de que el resultado podría haberse logrado con una fracción del esfuerzo. Mientras admiramos la “ingeniería” de estos sistemas, olvidamos que su propósito no es entretenernos, sino resolver problemas.
El problema de operar como una máquina Rube Goldberg es que el costo es inmenso. En las empresas, ese costo se mide en ineficiencia, desmotivación y recursos desperdiciados. En la burocracia y la política, se traduce en frustración ciudadana y oportunidades perdidas. En nuestra vida diaria, significa menos tiempo y energía para las cosas que realmente importan.
La verdadera lección de una máquina Rube Goldberg no es su complejidad, sino cómo podría haberse hecho de manera diferente. Si simplificáramos procesos en el trabajo, podríamos liberar recursos para proyectos innovadores. Si desentrañáramos la burocracia en el gobierno, podríamos atender más rápido las necesidades ciudadanas. Si cuestionáramos las modas de la vida moderna, podríamos encontrar la paz en la sencillez.
Entonces, la pregunta no es solo cómo construimos una máquina Rube Goldberg, sino por qué seguimos viviendo como una. Quizá sea momento de desarmar estas complejidades y aprender que la eficiencia, lejos de ser aburrida, puede ser también profundamente transformadora.
Ejemplo máquina Rube Goldberg:
Alguna info adicional:
Libro Trabajos de mierda – David Graeber
https://www.buscalibre.com.co/libro-trabajos-de-mierda/9788434428997/p/50663559
Podcast Kaisen – Jaime Rodriguez de Santiago.

No vi en donde poner un comentario sobre el blog en general, así que lo hago sobre esta entrada que me pareció muy interesante, aunque en realidad me parece más interesante su curiosidad y ganas de opinar sobre cosas que están dentro y fuera de su radar. Lo felicito por la iniciativa. ¡No se rinda! Como en el futbol; lo importante no es debutar sino mantenerse. ¡Saludos!