¿por qué seguimos ignorando a quienes saben?

He notado algo que no deja de inquietarme, los temas más populares en internet, los que generan debates encendidos y acumulan miles de interacciones, suelen estar en contradicción con lo que dicen los expertos. No hablo de opinión ligera de expertos, me refiero a quienes han dedicado años de estudio y práctica real a un tema, y que terminan siendo ignorados frente al grito viral de la multitud. Esto no es casualidad, es producto de cómo pensamos apoyado en cómo funcionan las redes.

El sesgo de confirmación es quizá el más evidente. Buscamos reforzar lo que ya creemos y evitamos lo que incomoda. Si pienso que las energías renovables resolverán todo, no presto atención a los estudios que muestran sus limitaciones. El efecto Dunning-Kruger es otro clásico, quien apenas ha leído un artículo se siente con la autoridad de corregir al investigador que lleva veinte años en el campo. Y el sesgo de disponibilidad nos engaña constantemente, si escuchamos tres noticias sobre accidentes de avión, nos convencemos de que volar es inseguro, aunque las estadísticas digan lo contrario (una buena caricatura de como pensamos). No lo admitimos, pero la mayoría de nuestras “opiniones firmes” se construyen sobre estas trampas mentales.

Internet amplifica esos sesgos. Lo que se comparte no es lo que es cierto, sino lo que es emocional, simple y útil para ganar visibilidad. El algoritmo premia la rabia y la indignación más que la razón. Lo complejo no se comparte. Lo matizado no engancha. La frase tajante y equivocada tiene más alcance que la explicación rigurosa. En este escenario, la voz del experto suena débil. Mientras un influencer asegura que “tomar agua con limón en ayunas desintoxica el cuerpo”, el médico explica que esa función ya la cumplen el hígado y los riñones. Y como sociedad preferimos creer en la promesa simple antes que en la explicación aburrida pero real.

Otro ejemplo claro lo vemos en los collares de ahogo para perros. La mayoría de personas reacciona con incomodidad porque proyecta en el perro su propia anatomía. Pensamos que su cuello es tan frágil como el nuestro. Pero el cuello de un perro es otra historia. Está reforzado por un ligamento especial y por músculos diseñados para soportar tracción y movimientos bruscos. En términos de fuerza, se parece más a nuestra cintura que a nuestro cuello, y cuando hacemos trabajos en alturas, nuestra cintura aguanta todo nuestro peso. Eso no significa que un collar no pueda hacer daño, la presión concentrada puede afectar tráquea, nervios o vasos sanguíneos, pero la reacción viral que condena cualquier collar parte más de la emoción que del conocimiento anatómico. Es un buen ejemplo de cómo preferimos quedarnos en la indignación fácil antes de entender la complejidad real del tema.

Lo mismo ocurre con el fracking. No conozco al primer ingeniero de petróleos, ni al primer geólogo o técnico que trabaje en el sector, que esté 100% en contra de esta técnica. Al contrario, quienes están dentro entienden que el fracking, bien regulado, es una herramienta más dentro de la caja de tecnologías que permiten acceder a recursos energéticos. No es inofensivo, pero tampoco es el apocalipsis ambiental que pintan los titulares virales. En Colombia se quería investigar sobre el tema. Había un piloto diseñado justamente para medir impactos y tomar decisiones con base en evidencia científica. Pero la opinión popular prefirió bloquearlo y matar la idea antes que permitir investigar. Ni siquiera se dio la oportunidad de conocer con datos lo que tanto se condenaba en discursos. Y ahí queda en evidencia la fuerza de la narrativa sobre la razón: no importó lo que pudieran decir la ciencia y la técnica, importó más el ruido político y emocional.

Nos hemos acostumbrado a pensar que la opinión de cualquiera vale lo mismo que la de un especialista. Y claro, todos tenemos derecho a opinar. El problema es confundir ese derecho con el valor real de una opinión. Una hora en YouTube no equivale a un doctorado. Un hilo en Twitter no reemplaza años de investigación de campo. Pero vivimos en la era donde importa más la narrativa que el conocimiento. Y eso es peligroso. La transición energética, la salud pública o la inteligencia artificial no son asuntos que se resuelvan con eslóganes. Requieren entender contextos, límites y costos. Requieren aceptar que no hay soluciones mágicas, y que a veces la respuesta correcta es incómoda.

No escribo esto para agradar. Escribo porque creo que debemos recuperar el valor de la complejidad y de la voz experta. Lo viral no siempre es lo verdadero. Lo simple no siempre es lo correcto. Y lo que más molesta admitir, escuchar a quienes saben “de verdad” es mucho más difícil que seguir lo que queremos escuchar.

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